Una tarde cualquiera de verano

Relatos de 2015
(20 de julio)

árboles-frutales

*****

Son algo más de las cuatro. Mis ojos se preparan para filmar imágenes irrepetibles en la vida. Nunca dos momentos podrán ser iguales. Siempre habrá algo, por mímimo que sea, que hará que los veamos y los vivamos de forma diferente.

La tarde es perfecta para estar al aire libre. El sol luce en lo alto, creando una atmósfera apacible. El momento es agradable; se siente el frescor del aire, y los árboles me están proporcionando la sombra necesaria para disfrutar del instante. Es un día parcialmente nuboso.

El suelo está cubierto de hojas secas; de uno de los naranjos han caído algunos de sus frutos que se han ido pudriendo; son esos tan amargos y desagradables . A la izquierda, el lugar de las plantas, algunas con flores. Sobre la mesa metálica, una cerveza que me voy tomando a sorbos. Bajo la botella de agua, los papeles donde escribí el relato de uno de nuestros tantos paseos nocturnos: “Son las diez y media de la noche y está lloviendo…”. Eso ocurrió el veinte de Enero de este mismo año 2015. Está escrito esa misma noche.

Sigo sentado, escribiendo y disfrutando del ruido del viento en los árboles y en los cañaverales próximos, muy semejante al que provocan las olas en una playa de piedras. Me rodean objetos diversos: unas cañas secas al frente, dos macetas de hierbabuena sobre una mesa verde a mi izquierda… A la derecha, una pequeña escalera de madera de solo tres peldaños arrimada al tronco de uno de los limoneros.

El sol se desplaza y tengo que mover la silla para seguir bajo la sombra; esta vez, de una platanera. Ahora me encuentro de frente a las verdes cañas, que en poco tiempo han vuelto a crecer. Se han vuelto altas y gruesas en su mayoría. Siempre me he preguntado el porqué de tanta diferencia entre unas – las más robustas – y las otras, exageradamente delgadas y débiles. Desde esta nueva posición puedo ver el viejo y majestuoso peral, cuyas peras no valen para nada; delante de él, un tanto a la izquierda, el fornido limonero, donde reposa la pequeña escalera, mostrando sus elegantes frutos. El alto naranjero a mi derecha, ese que da las dulces y apreciadas naranjas que tanto me gustan. Jamás he probado unas naranjas tan sumamente dulces y agradables; son realmente deliciosas.

El viento racheado vuelve a soplar con fuerza. Es fantástico ver moverse las ramas y las cañas, que se cimbrean una y otra vez. Describir este momento es algo apasionante. Disfrutar esta tarde fresca y cálida a la vez, una maravilla de la naturaleza. Escribir es dar vida a sensaciones y sentimientos. Realizar este relato ha sido como hacer unas fotos y dejar constancia en imágenes escritas.

Autor: Ramón C. Infanzón
Todos los derechos reservados

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